miércoles, 19 de octubre de 2011

EL TORREÓN

¿Hay alguien por ahí? ¿Dónde está el personal? Yo, como ya os dije, me comprometí con Ligorio en que siempre que escribiera él escribiría yo y por eso estoy aquí de nuevo contando batallitas, porque mis recuerdos fundamentales de Comillas, son eso, las historias y anécdotas que ocurrían de vez en cuando, como en la mili. Bueno, yo no estoy demasiado legitimado para hablar de la mili porque no la hice; los militares son los que mejor me han conocido y en menos tiempo pues estuve con ellos apenas quince días y me dieron una cartilla blanca que ponía: “Lino Uruñuela Nájera, inútil total”.
Bueno, ahí va la anécdota del torreón que varios de vosotros tenéis que recordar porque estábais también allí. Fue una mañana de domingo y nos encerramos unos cuantos en el torreón que había al final de nuestros cuartos de Preu a jugar al mus con nuestros paquetes de tabaco y alguna botella de licor (luego dicen algunos que la juventud de hoy en día está corrompida…) cuando de pronto alguien llamó con insistencia a la puerta con una voz entre engolada y aflautada que le delataba, sin dejar ninguna duda: “Abran inmediatamente la puerta, que sé que están ahí encerrados”. Sí, efectivamente era el P. Quevedo, que todavía me pregunto qué coño hacía por ahí arriba una mañana de domingo. Nosotros, por supuesto, calladitos y sin abrir. Insistió tres o cuatro veces más y al comprobar que nosotros ni churreábamos ni murreábamos y que no teníamos ninguna intención de abrirle, nos amenazó solemnemente: “Pues me da igual, ahora mismo voy a por una silla y les espero aquí hasta que salgan; a ver quién se cansa antes”. Y dicho y hecho, el hombre se fue a por su silla, momento que aprovechamos nosotros para salir, y allí estuvo sentado casi hasta la hora de comer. Nosotros pasábamos de vez en cuando por allí y le saludábamos con cortesía. Hubo alguien que incluso le preguntó que qué tal iba lo de la canonización de su sobrina Teresita González Quevedo, con la que nos daba la paliza de vez en cuando. Este hombre tenía dos temas fundamentales: su sobrina y el Concilio Vaticano II contra el que escribió una soflama que ahora mismo no recuerdo cómo se titulaba.
Bueno, por hoy ya vale, iba a recordar la pillada de Unquera a una cuadrilla que estaba jugando a las cartas pero se me ha hecho muy largo esto.
Lino Uruñuela (Abuelo Cebolleta).

3 comentarios:

Alejandro Rivas dijo...

Pues yo me apunto a la ronda y la semana próxima enviaré una colaboración. Digo yo que si se apunta otro más (alguno hay que terminó con un "...continuará")con una aportación mensual cada uno, tendremos todas las semanas una referencia para mantenernos en contacto.

Alfonso dijo...

Parece una secuencia de dibujos animados:el gatazo negro burlado por la pillería de los ratones. La gracia aumenta si recordamos que el gatazo era un conspicuo representante del integrismo mular (por su similitud con el de los mulás, por las coces que propinaba a cuantos disentían de sus prescripciones y por la esterilidad de su doctrina), colaborador asiduo de "¿Qué pasa?" y perpetrador de libelos de moralina infumable como el intitulado "Opción insoslayable: reconquista moral o desbordado libertinaje". Me hubiera gustado participar de la burla para resarcirme del sofoco que este Pelayo de la moral me había hecho pasar un año antes. En una carta a mi hermana, que estudiaba interna en el colegio de las Carmelitas de Valladolid, me despachaba yo a gusto sobre el Prefecto y el Vicerrector -a la sazón los P.P. Unquera y Carro, creo- sin sospechar que aún había sitios en los que persistía la abominable práctica de la violación de la correspondencia. La indina de la superiora, viendo en mi rebeldía adolescente una amenaza para la cristiandad, remitió la "materia peccans" al gatazo, al tío de la Venerable Teresita -eso sí que es contubernio y no el judeomasónico. Requerido a su presencia, esgrimió ante mi pasmo el cuerpo del delito como si sujetara entre índice y pulgar el hilo del que pendía mi vida. Las averiguaciones que sobre mí había hecho le habían descubierto que formaba parte de los "reformistas" (¿recordáis aquel pronunciamiento romántico que pretendió modificar los estatutos de la santa institución?) y que era lector de Unamuno y de Ortega -qué horror-, pese a lo cual parece que quedaba en mí un diminuto islote de probidad desde el que, con la ayuda de Nuestro Señor y la Santísima Virgen, cabía iniciar la reconquista moral y eludir el desbordado libertinaje al que me conducía inevitablemente la protervidad de mis lecturas, de las que me conminaba a abominar de inmediato si quería que la carta no llegase a las alturas ejecutivas que decretarían mi expulsión fulminante. Por suerte o por desgracia, este Savonarola decía las cosas con un tonillo saltarín que aligeraba la hirsuta lobreguez de su pensamiento, una especie de cadencia dactílica que movía a risa y que Damborenea, creo, tuvo la osadía de remedar ante sus propias narices: "Muchacho, tú me imitas." "No, padre; no le imito. Yo hablo así." En fin, creo que he desbordado con creces los límites de lo que debe ser un comentario. Saludos. Alfonso.

Alejandro Rivas dijo...

Algo sí que lo has desbordado, Alfonso. Pero no en el sentido que tú apuntas sino en otros más sutiles. Ya sabes, hay que dejar esta fórmula para los "de pocas palabras".
Recuerdo a los que sientan la tentación de comentar algo que la mejor opción para cumplir el trámite de "Elegir identidad" es pinchar en Nombre/URL. Ahí ponéis vuestro nombre para que sepamos quién escribe y ... a publicar!

Así que, con tu permiso, Alfonso, paso tu "comentario" a la categoría de "entrada"

Alejandro