Parece una secuencia de dibujos animados:el gatazo negro burlado por la pillería de los ratones. La gracia aumenta si recordamos que el gatazo era un conspicuo representante del integrismo mular (por su similitud con el de los mulás, por las coces que propinaba a cuantos disentían de sus prescripciones y por la esterilidad de su doctrina), colaborador asiduo de "¿Qué pasa?" y perpetrador de libelos de moralina infumable como el intitulado "Opción insoslayable: reconquista moral o desbordado libertinaje". Me hubiera gustado participar de la burla para resarcirme del sofoco que este Pelayo de la moral me había hecho pasar un año antes. En una carta a mi hermana, que estudiaba interna en el colegio de las Carmelitas de Valladolid, me despachaba yo a gusto sobre el Prefecto y el Vicerrector -a la sazón los P.P. Unquera y Carro, creo- sin sospechar que aún había sitios en los que persistía la abominable práctica de la violación de la correspondencia. La indina de la superiora, viendo en mi rebeldía adolescente una amenaza para la cristiandad, remitió la "materia peccans" al gatazo, al tío de la Venerable Teresita -eso sí que es contubernio y no el judeomasónico. Requerido a su presencia, esgrimió ante mi pasmo el cuerpo del delito como si sujetara entre índice y pulgar el hilo del que pendía mi vida. Las averiguaciones que sobre mí había hecho le habían descubierto que formaba parte de los "reformistas" (¿recordáis aquel pronunciamiento romántico que pretendió modificar los estatutos de la santa institución?) y que era lector de Unamuno y de Ortega -qué horror-, pese a lo cual parece que quedaba en mí un diminuto islote de probidad desde el que, con la ayuda de Nuestro Señor y la Santísima Virgen, cabía iniciar la reconquista moral y eludir el desbordado libertinaje al que me conducía inevitablemente la protervidad de mis lecturas, de las que me conminaba a abominar de inmediato si quería que la carta no llegase a las alturas ejecutivas que decretarían mi expulsión fulminante. Por suerte o por desgracia, este Savonarola decía las cosas con un tonillo saltarín que aligeraba la hirsuta lobreguez de su pensamiento, una especie de cadencia dactílica que movía a risa y que Damborenea, creo, tuvo la osadía de remedar ante sus propias narices: "Muchacho, tú me imitas." "No, padre; no le imito. Yo hablo así." En fin, creo que he desbordado con creces los límites de lo que debe ser un comentario. Saludos.
Alfonso Fernández.
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sábado, 22 de octubre de 2011
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